More servicesWindows Live
HomeHotmailSpacesOneCare
 
MSN
Sign in
 
 
Spaces home  ImaginariaPhotosProfileFriendsMore Tools Explore the Spaces community

Imaginaria

Mis libros favoritos
by 
by 
by 
by 
by 
June 16

Desencuentro

Desencuentro

 

Llegué cansada y tomé una mesa que se encontraba sobre la acera. Los rayos del sol raspaban mi nuca, escuché los pasos y conversaciones de los transeúntes a mis espaldas. Descubrí a Jorge, distraído y aparentando leer el periódico entre los pobladores de las mesas del interior del café. Treinta años y casi era igual a mi recuerdo. Sin duda había envejecido con gracia. Tenía un rostro sin arrugas, las comisuras de sus labios esbozaban una sonrisa y el cabello rizado, ahora entrecano, se acomodaba de manera familiar. No podía dejar de mirarlo, había sido mi sueño.

 

Siendo estudiantes, fuimos en varias ocasiones a fiestas. Al bailar, yo admiraba su belleza de labios delgados, cabello oscuro, y facciones perfectas: una estatua griega. En clases sobresalía por su razonamiento y una memoria sorprendente que cohibía a los maestros de Historia. En aquél entonces, pensaba que Jorge se convertiría en un intelectual. Después fue estudiante de Economía y editorialista de un periódico de izquierda. Era un fanático de la música de cámara, del cine, lo imaginaba casado con una escritora.

           

           Se acercó a mi mesa. Lo abracé con emoción. Después de tantos años por fin tuve un pretexto para sentir su cuerpo pegado al mío. Esperaba la narración de una existencia sorprendente, llena de logros y premios, pero él se adelantó y preguntó primero: “¿Y la Química?” Náufraga entre dos matrimonios y diferentes profesiones empecé a contarle mi historia: pianista, compositora, intento de socióloga, estudiante de letras, escritora de mis propios libretos, adicta al cine, al teatro y madre de un adolescente.

           

         Jorge mencionó su trabajo en la Secretaría de Hacienda. Se había casado muy joven con una secretaria, un accidente de planificación familiar, ahora tenía hijos adultos. De la escritura me dijo: “Ni me lo recuerdes, fue un pecado de juventud”. No había vuelto al cine ni a los conciertos. Llegaba a casa a enfrentar la vida cotidiana con el control de la televisión en la mano. Sólo leía el periódico y algunos artículos relacionados con su trabajo, del que sólo comentó que era muy aburrido. Los últimos discos de música de cámara habían acabado en la basura en un cambio de casa. En la despedida intercambiamos tarjetas. Me alejé desolada.

June 11

Terapia de shock

Terapia de shock

José María se sentía exhausto a pesar de su cuerpo fornido de hombros anchos. Limpió con un pañuelo blanco el sudor que cubría su frente. Estaba arrepentido y aún no llegaba a la mitad de la tarea. Todavía no se había visto al espejo. El olor de sus axilas se mezclaba con el desodorante y el perfume. La batalla con la ropa había empezado una hora antes al cerrar el brassiere sobre su torso. A partir de ese momento, se le dificultó respirar. La opresión sobre el diafragma ya no le parecía graciosa. La blusa tenía la botonadura al revés, las piernas rasuradas vencieron la resistencia de las medias al cabo de una larga lucha. Al caminar, una de sus piernas se asomaba por la abertura lateral de la falda. Echó un vistazo al espejo. No estaba mal. Tomó la peluca y la acomodó sobre su cabeza y los rizos castaños cayeron sobre sus hombros con coquetería. Se había rasurado dos veces y dejó su piel tersa pero irritada. El maquillaje no fue problema: ya había pintado varias veces a Lucero. Tras una última mirada, se puso los zapatos de tacón y salió equilibrándose con la cabeza en alto.

           

           La apuesta nació como remedio contra el aburrimiento y la falta de emoción. José María y Lucero vivían casi como hermanos en medio de cuadros y muebles gastados que languidecían de tedio. Una de tantas noches de hastío frente al televisor y sumidos en la penumbra, Chema tuvo la idea.

 

—Tu te vistes de hombre y yo de mujer y el que se ligue primero a alguien, gana, dijo Chema con entusiasmo.

Lucero bostezó desganada y guardó silencio.

—Vamos, anímate ¿no te gustaría salir de este marasmo?, preguntó Chema a quien la idea le comenzaba a hacer cosquillas.

—Acepto, pero llegaremos por separado para observarnos uno al otro. ¿Te parece?, contestó por fin Lucero, mientras apagaba el televisor.

 

Chema abrió la puerta del bar, sintió el abrazo cálido del ambiente brumoso. Seguro de su aspecto, se dirigió hacia la barra; a unos cuantos pasos pudo ver a Lucero. Llevaba un traje oscuro con corbata roja: se había cortado el pelo como un chico. Su figura menuda y sus labios delgados le daban la apariencia de un bachiller. Había desaparecido sus senos bajo un chaleco ceñido que completaba la ilusión del pecho plano. Un buen trabajo, pensó José María, pero sus manos finas y la forma de tomar la copa la delatan. Lucero miró a Chema con sorpresa y pensó que parecía una puta de Insurgentes con aquella melena larga. Él le sonrió, pero ella desvió los ojos. Se perdió del desfile triunfal de José María acaparando la atención.

 

            Lucero buscaba una mujer, pero se sentía cohibida. Una hora más tarde, nadie se le había acercado y ella jugueteaba con la aceituna del martini. Una chica se sentó junto a ella, pero después de dos sorbitos de su trago y de esperar en vano una palabra de Lucero, se levantó para perderse en el fondo oscuro del bar, justo cuando Lucero se disponía a ofrecerle un cigarrillo. También recibió varios vistazos penetrantes de un grupo de gays, que se encontraban en la penumbra y reían con descaro, señalándola. Pero ese no era el trato, ella iba tras una mujer. La noche avanzaba y ella sin presa.

 

            Escuchó risas al otro extremo del bar, José María estaba rodeado por cuatro hombres guapos y bien vestidos. Uno de ellos rozaba su pantalón contra el muslo de Chema que se escapaba por la abertura de la falda. Él jugueteaba con la corbata del de traje azul. Lucero los miraba con asombro. Sintió una puñalada en el estómago. El deseo la quemaba por dentro. Apretó la copa entre sus dedos y con el puño cerrado caminó hasta el alegre grupo. Se abrió camino entre los hombres, los empujó hasta llegar a Chema. Arrojó el contenido del martini sobre su rostro y lo besó en la boca, metiendo la lengua y pegando su cuerpo contra la falda. Al sentir la erección le dio una cachetada sonora.

          — Eres una zorra, nos vamos.

 

Lucero tiró de su mano y lo jaloneó hasta la puerta. Obediente, él la siguió con la cara oculta por la confusión de rizos, tambaleándose desde las alturas de sus zapatos dorados.         

 

June 09

Vórtice

Vórtice

“...patrón que se genera por

 el movimiento de partículas

alrededor de un punto común.”

Ramón Peralta-Fabi

 

Después de toda una vida de búsqueda, y de muchos ensayos fallidos, por fin lo encontró: el hombre ideal. No cabía de gusto en su propio cuerpo. Abril no quería emocionarse como antes, tampoco quería perderlo. La madurez la ayudó a tomarlo con calma. Esta vez, eligió la razón en lugar del arrebato y el impulso, se dedicó a pensarlo. A todas horas recordaba lo que habían hecho juntos, los paseos, las frases y las conversaciones. Escribía en su diario con minuciosidad, para no perder ningún detalle. Agregaba sus reflexiones para desahogar sus angustias de abandono. Por las noches, se entregaba al ejercicio de seguir pensando en Mario. Se acostaba sobre la almohada como si lo hiciera sobre su vientre e invocaba el perfume de su sexo. Imaginaba como harían el amor en la siguiente ocasión. Así recorrió su piel de principio a fin. Revivía la sensación en sus labios al navegar sobre su espalda, el roce de sus vellos sobre las mejillas y la brisa delicada de sus besos. Abril podía sentir el estremecimiento al imaginar el cuerpo de Mario sobre el suyo, sentía su peso, la fuerza de sus brazos, el ímpetu de su deseo y el aroma de lo nuevo.

 

Luego de soñar despierta, logró aparecerlo en sueños. Tenía miedo de que él se esfumara, pensaba que algún día dejaría de llamarla: resultaba demasiado bueno para ser cierto. Los pensamientos de Abril fluían sin cesar, primero en una suave corriente que le devolvió la calma. Luego, con el paso del tiempo se juntaron en un caudal y fueron acomodándose en un torbellino ciclónico que tomó velocidad poco a poco alrededor de aquel hombre luminoso, que ahora tenía el ímpetu de la mancha de Júpiter. La fuerza que ejercía comenzó a atraerla irremediablemente y una noche, ella se vio arrastrada por el tumultuoso remolino de fantasías y cavilaciones y desapareció en su centro.

 

May 22

Rebeca Mata entrevista

 

Cita

YouTube - Rebeca Mata entrevista
   

Mata-Platas. Sur.

 

Cita

YouTube - Mata-Platas. Sur.
   
January 19

Malena

Malena

Quien sueña al borde de un agua dormida

nunca se restablece de ello…”

 

Víctor- Emile Michelet

 

 

 

Malena introdujo la llave dentro de la cerradura y abrió la puerta con cuidado. Días antes, untó de aceite las bisagras con sus dedos finos. Salió en silencio y aspiró el aroma de la noche. Caminaba con pasos rápidos al internarse en el bosque. La oscuridad dejó de ser un impedimento, ya que en muy poco tiempo había memorizado el camino que ya recorría con los ojos cerrados.

 

          Frente al lago, se quitó los zapatos bajo la luz de la luna; el agua nocturna le acarició los pies. Hundió las manos en su propia imagen y el reflejo poco vago, poco pálido se retorció. Acercó su oído a la superficie, pero el agua dormía y no emitió un solo murmullo.

 

Meses antes, en víspera de la tormenta que inundó el pueblo, Malena descubrió el sitio en medio del claro del bosque. Sus padres negaron la existencia de agua en los alrededores. El charco inexplorado de luz líquida se le metió por la mirada y a partir de entonces, las aguas la visitaron en sueños. Sus noches se poblaron de siseos ininteligibles, arrullos extraños que le ayudaban a conciliar el descanso. Luego, comenzó a entender el mensaje. En medio de los gorjeos, distinguió las voces que le advirtieron de la catástrofe. Primero avisó a su familia y después a los vecinos, pero nadie creyó en sus palabras. El temporal llegó de todas formas y casi arrasó con el pueblo. Los pobladores se encerraron en sus casas y guardaron a los animales. Se salvaron muy pocos. Malena miró las venas de la tierra sobre las ventanas, escurriendo incansables durante días y los canturreos se reiniciaron, incitándola a ir al bosque tan pronto bajó la inundación.

           

          De regreso entre los árboles, notó que no sólo el agua había crecido sino que ahora además, tenía su rostro. Los reflejos resplandecientes del medio día le mostraban escenas de la vida de los habitantes del pueblo que ella ignoraba. Algunas pertenecían al pasado como la muerte de su yegua, las constantes violaciones de su padre y otras al futuro, como la enfermedad de Pedrito, el hijo del vecino. Las revelaciones la hicieron sentirse una elegida de la naturaleza y su vida tuvo un cauce. El agua confiaba en ella y le ofrecía los secretos de la hidromancia a cambio de silencio y sacrificio: Malena llevaba en el vientre a su hijo y hermano. Las voces la visitaban a todas horas, despierta o dormida;  por las mañanas, corría hacia el claro en medio de la espesura. Llegaba a casa con cantos alegres de música desconocida, poblada de palabras misteriosas. Su madre las encontraba amenazantes. Salía de nuevo al atardecer por en medio del aroma de los eucaliptos, se sentaba a la orilla del lago a contemplar las estrellas prisioneras del líquido oscuro y deseaba navegar hasta las islas del cielo. El agua lúgubre y sombría absorbía su negro sufrimiento y disolvía sus preocupaciones.

 

            La chica visitó a la comadrona del pueblo, las mujeres opinaban que era sabia y medio bruja. Vivía en una cabaña derruida y sin muebles. Su cocina tenía una estufa de leña y una colección de frascos llenos de hierbas y reptiles disecados. Malena iba a contarle acerca de los mensajes del agua, pero la vieja  supo de su embarazo tan pronto la miró a los ojos.

—Hija, puedes tomar esta pócima y deshacerte del hijo del pecado, aún estás a tiempo.

—Pero las voces me dicen que lo tenga, que ellas me protegerán.

—Ellas quieren al niño.

—Entonces, ¿usted me cree?

—No sé de qué me hablas, haz lo que te digo por la noche y mañana habrás resuelto tu problema.

 

Malena emprendió el regreso y las voces cantaron con dulzura una nana dentro de su cabeza, prometiendo borrar el pasado ensombrecido. La chica se desvió hasta el espejo adivinatorio del que salieron murmullos claros y frescos. Las voces de su mente y las de la masa acuosa se unieron; juntas entonaban mensajes de quietud y daban la orden de proseguir con el embarazo. Ella apretó la pócima contra su pecho. Sintió que una dulce ligereza se elevaba a través del agua. Entonces comenzó el hervidero de peces en el centro del lago, saltaron con voluptuosidad. Los fantasmas voladores llegaron hasta sus pies y ella resbaló. Al levantarse, notó que había perdido el remedio de la partera.   

        

Su vientre comenzó a notarse y el padre la azotaba todos los días con la esperanza de que perdiera al hijo. Vagaba envuelta en el silencio por los senderos del bosque. Su madre no había creído una sola palabra acerca del lago imaginario que llamaba y  prometía consuelo a su hija. Pasaron los meses. La madre la interrogaba a diario, quería saber el nombre del padre de la criatura. Malena sollozaba como respuesta. Pronto dejó de comer. Cantaba las melodías que atemorizaban a su madre. Hablaba consigo misma de lugares lejanos poblados de ríos y lagos rodeados de juncos. El padre dejó de golpearla pues cada vez que se le acercaba, ella lo atravesaba con una mirada poderosa y gris llena de tormentas. Malena, con el vientre muy pesado y después de varios meses, soñó con las cataratas. Entre los rugidos del agua alcanzó a entender la posibilidad de un arreglo. Por la mañana, la madre intentó hacerla entrar en razón.

—Allí nunca ha habido agua, no sé de dónde sacas todas estas cosas. Allí sólo hay un círculo grande de tierra, donde no crece ninguna planta.

 

La hija la miró en silencio. Ya no logró arrancarle una sola palabra y preocupada por su estado mental decidió cerrar la puerta con llave al anochecer. La chica permaneció encerrada por varias noches durante las cuales su carne se tornó pálida. El agua de su vientre bramaba sin permitirle el descanso. Decidió buscar la llave que su madre había escondido con cuidado.

 

Malena se tendió sobre la orilla del lago y se le reventó la fuente. Sintió como el breve oleaje humedeció su costado, le daba consuelo durante las contracciones. Luego, el líquido la fue arrastrando. Al llegar al centro, tragó la sustancia nocturna como un jarabe negro y viscoso. Pequeñas criaturas acuáticas cruzaron el arco de su garganta.

 

Por la mañana, la madre encontró la cama vacía y se echó a correr por la brecha que la hija había abierto después de tantos trayectos. En el claro, en medio del círculo arenoso y seco, Malena dormía el sueño prometido con el vientre plano. Su semblante tenía el color de la quietud. Los cabellos largos y húmedos escurrían sobre su pecho y por el hueco de su boca fluían pececillos plateados.      

  

 

Registro ante SEP/INDAUTOR

 

 

 

    

  

October 02

Plagio

 

 

 

Plagio

 

Fernando abrió los ojos; a su lado dormía una mujer desconocida de piel blanquísima y cabello rojizo. Se levantó con rapidez a pesar del agotamiento y el dolor de cabeza; se cubrió con una bata azul marino. Salió sigiloso del dormitorio.

 

Bajó las escaleras. En la cocina encontró la cafetera caliente que había preparado la noche anterior, antes de salir para el teatro. La bebida tenía un regusto amargo y acre; sin embargo, lo ayudó a despertar. Le dolía el cuerpo, no recordaba lo que había pasado con la pelirroja, ni siquiera cómo habían regresado a casa.

 

Los últimos seis meses fueron una vorágine. Los sucesos se precipitaron uno sobre otro sin que llegara nunca a asimilarlos por completo. Lo primero que recordaba era su angustia al recibir la comisión para componer la ópera. Había esperado durante años esta oportunidad y cayó en el peor momento de su vida. Su matrimonio se iba a pique después de siete años durante los cuales había crecido como nunca. De ser un compositor desconocido, se convirtió en un artista de renombre. Desde entonces, los estrenos se encadenaron unos a otros y componía febrilmente. Angélica era escritora y resultó ser el motor que durante años le había faltado a Fernando. Lo cuidaba, lo alimentaba y respetaba sus encierros. A cambio, lo único que ella pedía era compartir su música y la escuchaba con devoción.

 

En ocasiones, ella lo instaba a que leyera alguno de sus cuentos y él evitaba el compromiso pretextando cansancio. En enero, Angélica comenzó a tomar distancia; de pronto, llegó el encargo por parte de la compañía de ópera del Teatro Colón. Fernando recibió el libreto y un cuantioso adelanto. La obra debía quedar terminada en dos meses para trabajarla con los cantantes: el estreno sería a mediados del verano. Ante la noticia, Angélica se mostró alegre, pero reservada. Al día siguiente, se encerró en su estudio y escribió el esqueleto de lo que sería una novela. Fernando, por su parte, pasó la mañana en blanco, leyendo y releyendo el libreto de La gema encendida sin que ninguna idea musical le viniera a la cabeza. Así transcurrieron cinco días, durante los cuales ella trabajó con intensidad. Él tocaba tímidamente a la puerta. Las primeras veces, su mujer le preparó café; charlaban un poco y después volvía a su trabajo. Él quedaba desconsolado.

 

Fernando puso un calendario sobre el piano y empezó a marcar con una cruz  los días perdidos. Sentía una enorme frustración ante el bloqueo y deseaba descubrir el secreto de su compañera para que fluyera en su quehacer creativo sin ninguna traba. Él empezó a padecer insomnio mientras Angélica caía rendida por las noches. Entonces, Fernando ideó un plan para sabotear su sueño: hacía ruidos, prendía la televisión en la madrugada y escuchaba música a un volumen muy alto. Ella no lo percibía; ni siquiera le afectaba, pues despertaba fresca y llena de bríos. 

 

Al mirar una semana cubierta de cruces sobre el calendario, Fernando ardió de rabia. El tiempo se escapaba y se sentía como un campo yermo. Esa noche, entró a la recámara con un fólder lleno de papel pautado y encontró a Angélica sumida en un sueño profundo. Sobre la mesa de noche había quedado un hilo desmadejado, alfileres y agujas con los que ella había cosido. Las camisas de frac lucían como desmayadas pendiendo del perchero. Además de talentosa, se hacía tiempo para arreglar la ropa de Fernando personalmente. No lo podía evitar, era demasiado perfecta. Entonces él halló una mejor forma de perturbar su descanso. Levantó las sábanas y dejó descubiertas sus piernas. Tomó la aguja del costurero y presionó despacio sobre su muslo. La piel morena y fina se rompió y brotó una pequeña gota carmesí; pero ella ni siquiera se movió. Fernando prosiguió con el suplicio y una vez que el muslo estuvo cubierto de puntos brillantes, lo envolvió con el papel pautado. Las marcas se acomodaron sobre el pentagrama y formaron una guía melódica. Se quedó absorto mirando el papel y pensó en la mejor manera de enlazarlas. Sorprendido la escuchó murmurar entre sueños la melodía completa. Apuntó de prisa las notas que faltaban y regresó a su estudio. Al amanecer tenía escritas la obertura y un aria.

 

Noche tras noche, horadó la piel de su esposa. Las melodías de amor brotaron del tormento de sus senos; las de pasión, de sus nalgas; las de fuerza, del vigor de sus brazos y piernas y las de tristeza, pequeños granates que resbalaron sobre sus mejillas. Ahora Angélica amanecía cansada, pero no dejaba de animarlo. Insistía en que Fernando debía descansar y hasta le llevaba el desayuno a la cama. Él dormía hundido en un canto de sirenas hasta caer la tarde. Cerca del ocaso se alistaba para trabajar. Cruzaban pocas palabras. Se preguntaban uno al otro por su trabajo y ambos daban respuestas parcas: —Fluye, va bien, el día que tengas tiempo te muestro algo—. 

 

Fernando completó La gema encendida unos días antes del plazo y salió de prisa para esconder la ópera de Angélica. Regresó satisfecho; había liquidado la hipoteca de la casa y tenía suficiente dinero para hacerle algunos arreglos y comprar muebles. Al abrir la puerta vio que su esposa le entregaba un paquete sellado al chofer. Ella durmió hasta la mañana siguiente día y despertó decaída. A partir de ese instante se fue consumiendo de a poco. Ya eran meses de no platicar ni hacer el amor. Ambos estaban conscientes de que habían evitado mostrarse su obra terminada. Fernando sabía que la había desecado y miraba sin piedad su cuerpo exangüe y marchito.  Llegó a odiarla.

 

Angélica casi no hablaba, pero cuando lo hacía le preguntaba si la amaba, si valoraba lo que habían vivido juntos y extendía sus brazos sin obtener respuesta a su petición de cariño. Fernando contestaba con monosílabos fastidiosos, deseaba escapar. No la miraba a los ojos y evitaba tocarla. Quería que aquello acabara pronto. El médico que la atendió sólo encontró una anemia de grado peligroso y muy poca voluntad de la paciente para vivir. Él se mudó a otra recámara con el pretexto de no molestarla.

 

El montaje de la ópera le proporcionó a Fernando una puerta de escape. Salía por la madrugada y desaparecía hasta bien entrada la noche. La enfermera que contrató le daba un reporte rápido; en algunas ocasiones, él entreabría la puerta y miraba una fina figura amortajada bajo las sábanas. Un mes después Angélica murió. Su voluntad fue que la enterraran en la cripta familiar. Al menos en esto, Fernando le dio gusto.

 

La muerte de su mujer lo liberó y se entregó a la producción de su obra. Sintió que el cansancio se acumulaba. Había comenzado desde la muerte de Angélica, pero él lo atribuyó a la situación penosa y contradictoria que albergaba en su interior. Durante los ensayos empezó a olvidar ciertas ideas, las recordaba con dificultad. Se le atoraron los pensamientos, se aglomeraban en la cabeza y extraviaba las palabras para expresarlos. Día a día fue desapareciendo su magro vocabulario. Los vocablos ya no le significaban nada. Visitó a un neurólogo; le dijo que ante la situación personal en que se encontraba, aquello era justificable. Los estudios de gabinete y las tomografías cerebrales fueron negativos. Fernando perdió con lentitud no sólo las expresiones, sino los recuerdos.

 

Ahora en la cocina, con la boca amarga por el café y la emoción de la noche anterior, disfrutaba de las frases musicales que resonaban en su cabeza. Ese estreno había sido el más importante de su vida y resultaba paradójico lograrlo gracias al sacrificio de Angélica. Fue la primera vez que ella no asistió a un estreno; sin embargo, estuvo presente en cada nota y en cada melodía. Fernando se sintió poderoso; había robado su esencia.

 

La chica bajó las escaleras, se acercó a él y le dio un beso que Fernando recibió con repulsión. Ella le habló en otro idioma, tal vez ruso. El chofer entró y murmuró que había un paquete para él en su estudio. Fernando se disculpó con la mujer y salió de la cocina. Encontró sobre su mesa de trabajo un envoltorio dirigido a él con una tarjeta de Angélica. Le dio escalofrío recibir noticias de una muerta. Rasgó el papel amarillo y dentro halló un ejemplar de la novela de su mujer Espíritus robados con una carta para él.

 

Fernando:

Cuando me enamoré de ti, pensé que nos entendíamos y compartíamos el amor: sentir piedad por el otro, compartir, escucharnos y dialogar. Me dediqué a apoyar tu carrera, muchas veces a costa de mis intereses, entonces nació esta envidia y odio que fuiste alimentando hasta convertirte en un desconocido. Me di cuenta de tu plan desde la primera noche; quería saber hasta donde llegarías. Sé que robaste la música de mi alma y mi cuerpo. Te debes sentir poderoso, pero eres ingenuo, todo sucedió con mi consentimiento.

Mientras tú me desangraste para componer tu ópera, garantizaste mi trascendencia y alimentaste mi ansia de inmortalidad; yo robé tus palabras. Entré de la mmmmm manera sigilosa a la recámara y te huca hablar en sueños. Me llevé tws recuerdos, tuj experiencias y sut palabras. Por soe habrás notado que te cuesta traujju expresarte, que nn sabes dónde encontrar las palabras para transmmmm tu pensammmto. Todas eteten atrapadas en ewast novela, que cuenta la verdadqe historia de ntro pecado.

 Esper que uiún estés a tiempo paaar entenderyu. Estmos a mano. Mu guhijr cguhks, meñwoiu. tdo, sto lo acept pr amr, pr k t admirba. Ahra nda ns pde sprar. Ahra no t amo y kro vrte mwrto kmoh a mi. Pro------mwrto------n-----vda,----mwrto----------kmo----n---rma---------ska---------kmo--------un--------arbl kn-----hngws------drrybdo y knsnte.---pol-uytre-mkliu-n-vc-----hhu--jew------op0------finmi--------------jc---qwe---tngo---pra---ti-----------vngnz---------yah--------------no------------t---------------------admir---t---------------------------------po----------nda--------------ns----------------------------pde-------------sprar---------------------------------haroa-----------------------------------no----t-----------------amo------------------------y-------------------------------jlo-------------------vulpyr----------------mwrto------------------------kmoh-------------------------------------a--------------------------kjñlo-----------------------mkl---------------------------------huñ-------------------------------ytñlñlr-------------------------------------------------grd-----------------------------mlb--------------------------------------------------------------------------------yhu----------------------------fl-------------------------k----------------------------------------ghh------------------------------------------hhh-----------------------------------------b----------------------------------------------------------------------------------------------------------.

Angélica

registrado ante SEP/INDAUTOR 

 

 

View more entries
 
View space
hector hernandez
View space
Cecilia
View space
Edith Citlali
View space
(no name)
View space
gabriela