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June 16

Desencuentro

Desencuentro

 

Llegué cansada y tomé una mesa que se encontraba sobre la acera. Los rayos del sol raspaban mi nuca, escuché los pasos y conversaciones de los transeúntes a mis espaldas. Descubrí a Jorge, distraído y aparentando leer el periódico entre los pobladores de las mesas del interior del café. Treinta años y casi era igual a mi recuerdo. Sin duda había envejecido con gracia. Tenía un rostro sin arrugas, las comisuras de sus labios esbozaban una sonrisa y el cabello rizado, ahora entrecano, se acomodaba de manera familiar. No podía dejar de mirarlo, había sido mi sueño.

 

Siendo estudiantes, fuimos en varias ocasiones a fiestas. Al bailar, yo admiraba su belleza de labios delgados, cabello oscuro, y facciones perfectas: una estatua griega. En clases sobresalía por su razonamiento y una memoria sorprendente que cohibía a los maestros de Historia. En aquél entonces, pensaba que Jorge se convertiría en un intelectual. Después fue estudiante de Economía y editorialista de un periódico de izquierda. Era un fanático de la música de cámara, del cine, lo imaginaba casado con una escritora.

           

           Se acercó a mi mesa. Lo abracé con emoción. Después de tantos años por fin tuve un pretexto para sentir su cuerpo pegado al mío. Esperaba la narración de una existencia sorprendente, llena de logros y premios, pero él se adelantó y preguntó primero: “¿Y la Química?” Náufraga entre dos matrimonios y diferentes profesiones empecé a contarle mi historia: pianista, compositora, intento de socióloga, estudiante de letras, escritora de mis propios libretos, adicta al cine, al teatro y madre de un adolescente.

           

         Jorge mencionó su trabajo en la Secretaría de Hacienda. Se había casado muy joven con una secretaria, un accidente de planificación familiar, ahora tenía hijos adultos. De la escritura me dijo: “Ni me lo recuerdes, fue un pecado de juventud”. No había vuelto al cine ni a los conciertos. Llegaba a casa a enfrentar la vida cotidiana con el control de la televisión en la mano. Sólo leía el periódico y algunos artículos relacionados con su trabajo, del que sólo comentó que era muy aburrido. Los últimos discos de música de cámara habían acabado en la basura en un cambio de casa. En la despedida intercambiamos tarjetas. Me alejé desolada.

June 11

Terapia de shock

Terapia de shock

José María se sentía exhausto a pesar de su cuerpo fornido de hombros anchos. Limpió con un pañuelo blanco el sudor que cubría su frente. Estaba arrepentido y aún no llegaba a la mitad de la tarea. Todavía no se había visto al espejo. El olor de sus axilas se mezclaba con el desodorante y el perfume. La batalla con la ropa había empezado una hora antes al cerrar el brassiere sobre su torso. A partir de ese momento, se le dificultó respirar. La opresión sobre el diafragma ya no le parecía graciosa. La blusa tenía la botonadura al revés, las piernas rasuradas vencieron la resistencia de las medias al cabo de una larga lucha. Al caminar, una de sus piernas se asomaba por la abertura lateral de la falda. Echó un vistazo al espejo. No estaba mal. Tomó la peluca y la acomodó sobre su cabeza y los rizos castaños cayeron sobre sus hombros con coquetería. Se había rasurado dos veces y dejó su piel tersa pero irritada. El maquillaje no fue problema: ya había pintado varias veces a Lucero. Tras una última mirada, se puso los zapatos de tacón y salió equilibrándose con la cabeza en alto.

           

           La apuesta nació como remedio contra el aburrimiento y la falta de emoción. José María y Lucero vivían casi como hermanos en medio de cuadros y muebles gastados que languidecían de tedio. Una de tantas noches de hastío frente al televisor y sumidos en la penumbra, Chema tuvo la idea.

 

—Tu te vistes de hombre y yo de mujer y el que se ligue primero a alguien, gana, dijo Chema con entusiasmo.

Lucero bostezó desganada y guardó silencio.

—Vamos, anímate ¿no te gustaría salir de este marasmo?, preguntó Chema a quien la idea le comenzaba a hacer cosquillas.

—Acepto, pero llegaremos por separado para observarnos uno al otro. ¿Te parece?, contestó por fin Lucero, mientras apagaba el televisor.

 

Chema abrió la puerta del bar, sintió el abrazo cálido del ambiente brumoso. Seguro de su aspecto, se dirigió hacia la barra; a unos cuantos pasos pudo ver a Lucero. Llevaba un traje oscuro con corbata roja: se había cortado el pelo como un chico. Su figura menuda y sus labios delgados le daban la apariencia de un bachiller. Había desaparecido sus senos bajo un chaleco ceñido que completaba la ilusión del pecho plano. Un buen trabajo, pensó José María, pero sus manos finas y la forma de tomar la copa la delatan. Lucero miró a Chema con sorpresa y pensó que parecía una puta de Insurgentes con aquella melena larga. Él le sonrió, pero ella desvió los ojos. Se perdió del desfile triunfal de José María acaparando la atención.

 

            Lucero buscaba una mujer, pero se sentía cohibida. Una hora más tarde, nadie se le había acercado y ella jugueteaba con la aceituna del martini. Una chica se sentó junto a ella, pero después de dos sorbitos de su trago y de esperar en vano una palabra de Lucero, se levantó para perderse en el fondo oscuro del bar, justo cuando Lucero se disponía a ofrecerle un cigarrillo. También recibió varios vistazos penetrantes de un grupo de gays, que se encontraban en la penumbra y reían con descaro, señalándola. Pero ese no era el trato, ella iba tras una mujer. La noche avanzaba y ella sin presa.

 

            Escuchó risas al otro extremo del bar, José María estaba rodeado por cuatro hombres guapos y bien vestidos. Uno de ellos rozaba su pantalón contra el muslo de Chema que se escapaba por la abertura de la falda. Él jugueteaba con la corbata del de traje azul. Lucero los miraba con asombro. Sintió una puñalada en el estómago. El deseo la quemaba por dentro. Apretó la copa entre sus dedos y con el puño cerrado caminó hasta el alegre grupo. Se abrió camino entre los hombres, los empujó hasta llegar a Chema. Arrojó el contenido del martini sobre su rostro y lo besó en la boca, metiendo la lengua y pegando su cuerpo contra la falda. Al sentir la erección le dio una cachetada sonora.

          — Eres una zorra, nos vamos.

 

Lucero tiró de su mano y lo jaloneó hasta la puerta. Obediente, él la siguió con la cara oculta por la confusión de rizos, tambaleándose desde las alturas de sus zapatos dorados.         

 

June 09

Vórtice

Vórtice

“...patrón que se genera por

 el movimiento de partículas

alrededor de un punto común.”

Ramón Peralta-Fabi

 

Después de toda una vida de búsqueda, y de muchos ensayos fallidos, por fin lo encontró: el hombre ideal. No cabía de gusto en su propio cuerpo. Abril no quería emocionarse como antes, tampoco quería perderlo. La madurez la ayudó a tomarlo con calma. Esta vez, eligió la razón en lugar del arrebato y el impulso, se dedicó a pensarlo. A todas horas recordaba lo que habían hecho juntos, los paseos, las frases y las conversaciones. Escribía en su diario con minuciosidad, para no perder ningún detalle. Agregaba sus reflexiones para desahogar sus angustias de abandono. Por las noches, se entregaba al ejercicio de seguir pensando en Mario. Se acostaba sobre la almohada como si lo hiciera sobre su vientre e invocaba el perfume de su sexo. Imaginaba como harían el amor en la siguiente ocasión. Así recorrió su piel de principio a fin. Revivía la sensación en sus labios al navegar sobre su espalda, el roce de sus vellos sobre las mejillas y la brisa delicada de sus besos. Abril podía sentir el estremecimiento al imaginar el cuerpo de Mario sobre el suyo, sentía su peso, la fuerza de sus brazos, el ímpetu de su deseo y el aroma de lo nuevo.

 

Luego de soñar despierta, logró aparecerlo en sueños. Tenía miedo de que él se esfumara, pensaba que algún día dejaría de llamarla: resultaba demasiado bueno para ser cierto. Los pensamientos de Abril fluían sin cesar, primero en una suave corriente que le devolvió la calma. Luego, con el paso del tiempo se juntaron en un caudal y fueron acomodándose en un torbellino ciclónico que tomó velocidad poco a poco alrededor de aquel hombre luminoso, que ahora tenía el ímpetu de la mancha de Júpiter. La fuerza que ejercía comenzó a atraerla irremediablemente y una noche, ella se vio arrastrada por el tumultuoso remolino de fantasías y cavilaciones y desapareció en su centro.

 

May 22

Rebeca Mata entrevista

 

Cita

YouTube - Rebeca Mata entrevista
   

Mata-Platas. Sur.

 

Cita

YouTube - Mata-Platas. Sur.
   
January 19

Malena

Malena

Quien sueña al borde de un agua dormida

nunca se restablece de ello…”

 

Víctor- Emile Michelet

 

 

 

Malena introdujo la llave dentro de la cerradura y abrió la puerta con cuidado. Días antes, untó de aceite las bisagras con sus dedos finos. Salió en silencio y aspiró el aroma de la noche. Caminaba con pasos rápidos al internarse en el bosque. La oscuridad dejó de ser un impedimento, ya que en muy poco tiempo había memorizado el camino que ya recorría con los ojos cerrados.

 

          Frente al lago, se quitó los zapatos bajo la luz de la luna; el agua nocturna le acarició los pies. Hundió las manos en su propia imagen y el reflejo poco vago, poco pálido se retorció. Acercó su oído a la superficie, pero el agua dormía y no emitió un solo murmullo.

 

Meses antes, en víspera de la tormenta que inundó el pueblo, Malena descubrió el sitio en medio del claro del bosque. Sus padres negaron la existencia de agua en los alrededores. El charco inexplorado de luz líquida se le metió por la mirada y a partir de entonces, las aguas la visitaron en sueños. Sus noches se poblaron de siseos ininteligibles, arrullos extraños que le ayudaban a conciliar el descanso. Luego, comenzó a entender el mensaje. En medio de los gorjeos, distinguió las voces que le advirtieron de la catástrofe. Primero avisó a su familia y después a los vecinos, pero nadie creyó en sus palabras. El temporal llegó de todas formas y casi arrasó con el pueblo. Los pobladores se encerraron en sus casas y guardaron a los animales. Se salvaron muy pocos. Malena miró las venas de la tierra sobre las ventanas, escurriendo incansables durante días y los canturreos se reiniciaron, incitándola a ir al bosque tan pronto bajó la inundación.

           

          De regreso entre los árboles, notó que no sólo el agua había crecido sino que ahora además, tenía su rostro. Los reflejos resplandecientes del medio día le mostraban escenas de la vida de los habitantes del pueblo que ella ignoraba. Algunas pertenecían al pasado como la muerte de su yegua, las constantes violaciones de su padre y otras al futuro, como la enfermedad de Pedrito, el hijo del vecino. Las revelaciones la hicieron sentirse una elegida de la naturaleza y su vida tuvo un cauce. El agua confiaba en ella y le ofrecía los secretos de la hidromancia a cambio de silencio y sacrificio: Malena llevaba en el vientre a su hijo y hermano. Las voces la visitaban a todas horas, despierta o dormida;  por las mañanas, corría hacia el claro en medio de la espesura. Llegaba a casa con cantos alegres de música desconocida, poblada de palabras misteriosas. Su madre las encontraba amenazantes. Salía de nuevo al atardecer por en medio del aroma de los eucaliptos, se sentaba a la orilla del lago a contemplar las estrellas prisioneras del líquido oscuro y deseaba navegar hasta las islas del cielo. El agua lúgubre y sombría absorbía su negro sufrimiento y disolvía sus preocupaciones.

 

            La chica visitó a la comadrona del pueblo, las mujeres opinaban que era sabia y medio bruja. Vivía en una cabaña derruida y sin muebles. Su cocina tenía una estufa de leña y una colección de frascos llenos de hierbas y reptiles disecados. Malena iba a contarle acerca de los mensajes del agua, pero la vieja  supo de su embarazo tan pronto la miró a los ojos.

—Hija, puedes tomar esta pócima y deshacerte del hijo del pecado, aún estás a tiempo.

—Pero las voces me dicen que lo tenga, que ellas me protegerán.

—Ellas quieren al niño.

—Entonces, ¿usted me cree?

—No sé de qué me hablas, haz lo que te digo por la noche y mañana habrás resuelto tu problema.

 

Malena emprendió el regreso y las voces cantaron con dulzura una nana dentro de su cabeza, prometiendo borrar el pasado ensombrecido. La chica se desvió hasta el espejo adivinatorio del que salieron murmullos claros y frescos. Las voces de su mente y las de la masa acuosa se unieron; juntas entonaban mensajes de quietud y daban la orden de proseguir con el embarazo. Ella apretó la pócima contra su pecho. Sintió que una dulce ligereza se elevaba a través del agua. Entonces comenzó el hervidero de peces en el centro del lago, saltaron con voluptuosidad. Los fantasmas voladores llegaron hasta sus pies y ella resbaló. Al levantarse, notó que había perdido el remedio de la partera.   

        

Su vientre comenzó a notarse y el padre la azotaba todos los días con la esperanza de que perdiera al hijo. Vagaba envuelta en el silencio por los senderos del bosque. Su madre no había creído una sola palabra acerca del lago imaginario que llamaba y  prometía consuelo a su hija. Pasaron los meses. La madre la interrogaba a diario, quería saber el nombre del padre de la criatura. Malena sollozaba como respuesta. Pronto dejó de comer. Cantaba las melodías que atemorizaban a su madre. Hablaba consigo misma de lugares lejanos poblados de ríos y lagos rodeados de juncos. El padre dejó de golpearla pues cada vez que se le acercaba, ella lo atravesaba con una mirada poderosa y gris llena de tormentas. Malena, con el vientre muy pesado y después de varios meses, soñó con las cataratas. Entre los rugidos del agua alcanzó a entender la posibilidad de un arreglo. Por la mañana, la madre intentó hacerla entrar en razón.

—Allí nunca ha habido agua, no sé de dónde sacas todas estas cosas. Allí sólo hay un círculo grande de tierra, donde no crece ninguna planta.

 

La hija la miró en silencio. Ya no logró arrancarle una sola palabra y preocupada por su estado mental decidió cerrar la puerta con llave al anochecer. La chica permaneció encerrada por varias noches durante las cuales su carne se tornó pálida. El agua de su vientre bramaba sin permitirle el descanso. Decidió buscar la llave que su madre había escondido con cuidado.

 

Malena se tendió sobre la orilla del lago y se le reventó la fuente. Sintió como el breve oleaje humedeció su costado, le daba consuelo durante las contracciones. Luego, el líquido la fue arrastrando. Al llegar al centro, tragó la sustancia nocturna como un jarabe negro y viscoso. Pequeñas criaturas acuáticas cruzaron el arco de su garganta.

 

Por la mañana, la madre encontró la cama vacía y se echó a correr por la brecha que la hija había abierto después de tantos trayectos. En el claro, en medio del círculo arenoso y seco, Malena dormía el sueño prometido con el vientre plano. Su semblante tenía el color de la quietud. Los cabellos largos y húmedos escurrían sobre su pecho y por el hueco de su boca fluían pececillos plateados.      

  

 

Registro ante SEP/INDAUTOR

 

 

 

    

  

October 02

Plagio

 

 

 

Plagio

 

Fernando abrió los ojos; a su lado dormía una mujer desconocida de piel blanquísima y cabello rojizo. Se levantó con rapidez a pesar del agotamiento y el dolor de cabeza; se cubrió con una bata azul marino. Salió sigiloso del dormitorio.

 

Bajó las escaleras. En la cocina encontró la cafetera caliente que había preparado la noche anterior, antes de salir para el teatro. La bebida tenía un regusto amargo y acre; sin embargo, lo ayudó a despertar. Le dolía el cuerpo, no recordaba lo que había pasado con la pelirroja, ni siquiera cómo habían regresado a casa.

 

Los últimos seis meses fueron una vorágine. Los sucesos se precipitaron uno sobre otro sin que llegara nunca a asimilarlos por completo. Lo primero que recordaba era su angustia al recibir la comisión para componer la ópera. Había esperado durante años esta oportunidad y cayó en el peor momento de su vida. Su matrimonio se iba a pique después de siete años durante los cuales había crecido como nunca. De ser un compositor desconocido, se convirtió en un artista de renombre. Desde entonces, los estrenos se encadenaron unos a otros y componía febrilmente. Angélica era escritora y resultó ser el motor que durante años le había faltado a Fernando. Lo cuidaba, lo alimentaba y respetaba sus encierros. A cambio, lo único que ella pedía era compartir su música y la escuchaba con devoción.

 

En ocasiones, ella lo instaba a que leyera alguno de sus cuentos y él evitaba el compromiso pretextando cansancio. En enero, Angélica comenzó a tomar distancia; de pronto, llegó el encargo por parte de la compañía de ópera del Teatro Colón. Fernando recibió el libreto y un cuantioso adelanto. La obra debía quedar terminada en dos meses para trabajarla con los cantantes: el estreno sería a mediados del verano. Ante la noticia, Angélica se mostró alegre, pero reservada. Al día siguiente, se encerró en su estudio y escribió el esqueleto de lo que sería una novela. Fernando, por su parte, pasó la mañana en blanco, leyendo y releyendo el libreto de La gema encendida sin que ninguna idea musical le viniera a la cabeza. Así transcurrieron cinco días, durante los cuales ella trabajó con intensidad. Él tocaba tímidamente a la puerta. Las primeras veces, su mujer le preparó café; charlaban un poco y después volvía a su trabajo. Él quedaba desconsolado.

 

Fernando puso un calendario sobre el piano y empezó a marcar con una cruz  los días perdidos. Sentía una enorme frustración ante el bloqueo y deseaba descubrir el secreto de su compañera para que fluyera en su quehacer creativo sin ninguna traba. Él empezó a padecer insomnio mientras Angélica caía rendida por las noches. Entonces, Fernando ideó un plan para sabotear su sueño: hacía ruidos, prendía la televisión en la madrugada y escuchaba música a un volumen muy alto. Ella no lo percibía; ni siquiera le afectaba, pues despertaba fresca y llena de bríos. 

 

Al mirar una semana cubierta de cruces sobre el calendario, Fernando ardió de rabia. El tiempo se escapaba y se sentía como un campo yermo. Esa noche, entró a la recámara con un fólder lleno de papel pautado y encontró a Angélica sumida en un sueño profundo. Sobre la mesa de noche había quedado un hilo desmadejado, alfileres y agujas con los que ella había cosido. Las camisas de frac lucían como desmayadas pendiendo del perchero. Además de talentosa, se hacía tiempo para arreglar la ropa de Fernando personalmente. No lo podía evitar, era demasiado perfecta. Entonces él halló una mejor forma de perturbar su descanso. Levantó las sábanas y dejó descubiertas sus piernas. Tomó la aguja del costurero y presionó despacio sobre su muslo. La piel morena y fina se rompió y brotó una pequeña gota carmesí; pero ella ni siquiera se movió. Fernando prosiguió con el suplicio y una vez que el muslo estuvo cubierto de puntos brillantes, lo envolvió con el papel pautado. Las marcas se acomodaron sobre el pentagrama y formaron una guía melódica. Se quedó absorto mirando el papel y pensó en la mejor manera de enlazarlas. Sorprendido la escuchó murmurar entre sueños la melodía completa. Apuntó de prisa las notas que faltaban y regresó a su estudio. Al amanecer tenía escritas la obertura y un aria.

 

Noche tras noche, horadó la piel de su esposa. Las melodías de amor brotaron del tormento de sus senos; las de pasión, de sus nalgas; las de fuerza, del vigor de sus brazos y piernas y las de tristeza, pequeños granates que resbalaron sobre sus mejillas. Ahora Angélica amanecía cansada, pero no dejaba de animarlo. Insistía en que Fernando debía descansar y hasta le llevaba el desayuno a la cama. Él dormía hundido en un canto de sirenas hasta caer la tarde. Cerca del ocaso se alistaba para trabajar. Cruzaban pocas palabras. Se preguntaban uno al otro por su trabajo y ambos daban respuestas parcas: —Fluye, va bien, el día que tengas tiempo te muestro algo—. 

 

Fernando completó La gema encendida unos días antes del plazo y salió de prisa para esconder la ópera de Angélica. Regresó satisfecho; había liquidado la hipoteca de la casa y tenía suficiente dinero para hacerle algunos arreglos y comprar muebles. Al abrir la puerta vio que su esposa le entregaba un paquete sellado al chofer. Ella durmió hasta la mañana siguiente día y despertó decaída. A partir de ese instante se fue consumiendo de a poco. Ya eran meses de no platicar ni hacer el amor. Ambos estaban conscientes de que habían evitado mostrarse su obra terminada. Fernando sabía que la había desecado y miraba sin piedad su cuerpo exangüe y marchito.  Llegó a odiarla.

 

Angélica casi no hablaba, pero cuando lo hacía le preguntaba si la amaba, si valoraba lo que habían vivido juntos y extendía sus brazos sin obtener respuesta a su petición de cariño. Fernando contestaba con monosílabos fastidiosos, deseaba escapar. No la miraba a los ojos y evitaba tocarla. Quería que aquello acabara pronto. El médico que la atendió sólo encontró una anemia de grado peligroso y muy poca voluntad de la paciente para vivir. Él se mudó a otra recámara con el pretexto de no molestarla.

 

El montaje de la ópera le proporcionó a Fernando una puerta de escape. Salía por la madrugada y desaparecía hasta bien entrada la noche. La enfermera que contrató le daba un reporte rápido; en algunas ocasiones, él entreabría la puerta y miraba una fina figura amortajada bajo las sábanas. Un mes después Angélica murió. Su voluntad fue que la enterraran en la cripta familiar. Al menos en esto, Fernando le dio gusto.

 

La muerte de su mujer lo liberó y se entregó a la producción de su obra. Sintió que el cansancio se acumulaba. Había comenzado desde la muerte de Angélica, pero él lo atribuyó a la situación penosa y contradictoria que albergaba en su interior. Durante los ensayos empezó a olvidar ciertas ideas, las recordaba con dificultad. Se le atoraron los pensamientos, se aglomeraban en la cabeza y extraviaba las palabras para expresarlos. Día a día fue desapareciendo su magro vocabulario. Los vocablos ya no le significaban nada. Visitó a un neurólogo; le dijo que ante la situación personal en que se encontraba, aquello era justificable. Los estudios de gabinete y las tomografías cerebrales fueron negativos. Fernando perdió con lentitud no sólo las expresiones, sino los recuerdos.

 

Ahora en la cocina, con la boca amarga por el café y la emoción de la noche anterior, disfrutaba de las frases musicales que resonaban en su cabeza. Ese estreno había sido el más importante de su vida y resultaba paradójico lograrlo gracias al sacrificio de Angélica. Fue la primera vez que ella no asistió a un estreno; sin embargo, estuvo presente en cada nota y en cada melodía. Fernando se sintió poderoso; había robado su esencia.

 

La chica bajó las escaleras, se acercó a él y le dio un beso que Fernando recibió con repulsión. Ella le habló en otro idioma, tal vez ruso. El chofer entró y murmuró que había un paquete para él en su estudio. Fernando se disculpó con la mujer y salió de la cocina. Encontró sobre su mesa de trabajo un envoltorio dirigido a él con una tarjeta de Angélica. Le dio escalofrío recibir noticias de una muerta. Rasgó el papel amarillo y dentro halló un ejemplar de la novela de su mujer Espíritus robados con una carta para él.

 

Fernando:

Cuando me enamoré de ti, pensé que nos entendíamos y compartíamos el amor: sentir piedad por el otro, compartir, escucharnos y dialogar. Me dediqué a apoyar tu carrera, muchas veces a costa de mis intereses, entonces nació esta envidia y odio que fuiste alimentando hasta convertirte en un desconocido. Me di cuenta de tu plan desde la primera noche; quería saber hasta donde llegarías. Sé que robaste la música de mi alma y mi cuerpo. Te debes sentir poderoso, pero eres ingenuo, todo sucedió con mi consentimiento.

Mientras tú me desangraste para componer tu ópera, garantizaste mi trascendencia y alimentaste mi ansia de inmortalidad; yo robé tus palabras. Entré de la mmmmm manera sigilosa a la recámara y te huca hablar en sueños. Me llevé tws recuerdos, tuj experiencias y sut palabras. Por soe habrás notado que te cuesta traujju expresarte, que nn sabes dónde encontrar las palabras para transmmmm tu pensammmto. Todas eteten atrapadas en ewast novela, que cuenta la verdadqe historia de ntro pecado.

 Esper que uiún estés a tiempo paaar entenderyu. Estmos a mano. Mu guhijr cguhks, meñwoiu. tdo, sto lo acept pr amr, pr k t admirba. Ahra nda ns pde sprar. Ahra no t amo y kro vrte mwrto kmoh a mi. Pro------mwrto------n-----vda,----mwrto----------kmo----n---rma---------ska---------kmo--------un--------arbl kn-----hngws------drrybdo y knsnte.---pol-uytre-mkliu-n-vc-----hhu--jew------op0------finmi--------------jc---qwe---tngo---pra---ti-----------vngnz---------yah--------------no------------t---------------------admir---t---------------------------------po----------nda--------------ns----------------------------pde-------------sprar---------------------------------haroa-----------------------------------no----t-----------------amo------------------------y-------------------------------jlo-------------------vulpyr----------------mwrto------------------------kmoh-------------------------------------a--------------------------kjñlo-----------------------mkl---------------------------------huñ-------------------------------ytñlñlr-------------------------------------------------grd-----------------------------mlb--------------------------------------------------------------------------------yhu----------------------------fl-------------------------k----------------------------------------ghh------------------------------------------hhh-----------------------------------------b----------------------------------------------------------------------------------------------------------.

Angélica

registrado ante SEP/INDAUTOR 

 

 

Romance combustible

Romance combustible

 

La gasolinera quedó desierta por unos minutos.

—Hoy es viernes, ánimo Güero.

—Precisamente, es día de reven, ¿cómo quieres que me anime?

—Es el día que esperamos con hartas ganas mi Juanito. Mira, para que se te pase la muina, te la vamos a dejar a ti solo.

—¿Dejarme qué? No hay gente, mucho menos propinas, contestó Juan y chifló una mentada de madre. Le pareció asombrosa la velocidad con que se había adaptado al entorno de la estación de gasolina. El trabajo era duro y cansado; proporcional al castigo que le quería dar su padre por haber reprobado el semestre en la universidad. Los primeros dos días los pasó mareado por los vapores del combustible, por las noches llegaba a casa y volvía el estómago. Al tercer día, estuvo a punto de suplicar perdón a su padre, pero sus compañeros de trabajo le juraron que sería el último día de ascos y nauseas, además debía aguantar como los machos. Se cumplieron sus promesas, entonces Juan decidió vivir su aventura a fondo. En una semana perfeccionó el albur y hasta aprendió a robar a los clientes.

 

El auto convertible rojo se deslizó con suavidad sobre la rampa. Los empleados se reunieron junto a una bomba y uno de ellos, empujó a Juan.

—Órale carnal, te hablan.

 

Desde el interior del vehículo lo miró una pelirroja de labios carnosos y brillantes, enfundada en un estrecho vestido strapless amarillo, una exhalación de los rayos del ocaso.

—Buenas tardes, señorita.

—Llénelo joven, por favor.

 

Juan no podía quitarle los ojos de encima. Ella estiró su mano delgada y dejó caer las llaves en la palma del joven. Mientras abría el tanque de la gasolina, Juan alcanzó a escuchar las risitas de sus compañeros. Se quitó la gorra, se alborotó el cabello rubio con la mano y rodeó el auto por adelante, para que ella lo mirara.

—Linda ¿no gusta que le revise el aceite?, dijo guiñándole un ojo.

—La próxima vez. Gracias. Quédate con el cambio.

 

Ella arrancó y desapareció en la distancia; él la miraba inmóvil y los empleados aplaudieron y vitorearon su atrevimiento. Juan pasó la siguiente semana esperando el regreso de la chica y planeando la forma de acercarse a ella para invitarla a salir. Pronto comprendió que en escasos minutos era imposible contarle su historia de niño rico castigado. Meditó la manera de acortar la distancia entre ellos.

 

Al siguiente viernes la pelirroja se dirigió hacia la bomba de Juan, pero él, en ese momento, le dio la espalda y desapareció dentro del baño. La banda entera de zopilotes la rodeó para atenderla, Juan salió y miró cómo la chica lo buscaba con los ojos. Él la saludó desde lejos y atendió a otro coche.

 

Después de siete días, reapareció el convertible rojo. Dos tiras plisadas de gasa naranja surcaban la espalda pecosa de la chica, pasaban por sus hombros y apenas cubrían parte de sus senos para perderse bajo su falda. Juan se acercó, ella le tendió las llaves.

—Esta vez, revísame el aceite, por favor.

—Encantado, preciosa.

 

Juan caminó hacia la parte delantera, sus zapatos se pegaban al suelo pringoso. Abrió el cofre y realizó la operación.

—Lo tienes perfecto, dijo aspirando el aroma de su perfume a través de los vapores de la gasolina.

 

Luego, se dirigió hacia el tanque, lo abrió y metió la manguera. Programó la máquina para que caminara con lentitud. Se volteó hacia la bomba, metió la mano por la bragueta del overall y empezó a masturbarse. El sonido del seguro de la bomba y su orgasmo lo golpearon al mismo tiempo. Regresó agitado con la chica y le cobró. Esta vez no sólo hubo aplausos sino también rechiflas.

 

Se fue acercando con audacia. En la siguiente visita, repitió su numerito. Le gustaba verla, olerla y sentir su aliento. Los colores y las telas de sus vestidos le embriagaban la mirada. Recibió el dinero, dio media vuelta y se metió el cambio por la entrepierna. Regresó sobre sus pasos y colocó los billetes mojados sobre la delicada mano. Ella no se molestó. Con el correr de las semanas, Juan se fue volviendo más atrevido. Al devolver el cambio, tomaba la mano de la pelirroja entre las suyas y la frotaba con el semen cremoso. Ella guardaba los billetes en su bolso de marca y se olía la mano, como se aspira el aroma de un perfume fino. Las aletas de la nariz le temblaban con ligereza, sus labios generosos se entreabrían y cerraba los párpados.

 

En una de las visitas intercambiaron nombres a instancias de la chica: Juan y Eloísa. La fantasía tuvo un nombre. Eloísa parecía cada vez más interesada y Juan, cuando notaba que ella iba a dar un paso más, se escondía bajo el resplandor de las lámparas de neón o entre el enjambre de sus compañeros.

 

Esa tarde el aire traía un leve perfume de flores que sobresalía a ratos sobre el de la gasolina. Ella se había bañado en agua de nardos, su cabello rojizo llameaba en el anochecer. El vestido blanco resplandecía sobre los asientos de piel color guinda. Parece una novia virgen, pensó Juan.

 —Hola Juan. ¿Puedes llenar el tanque?, dijeron los labios pulposos.

—Si, mi reina. ¿Qué más se te ofrece?

—Quiero que te subas al auto y desaparezcas conmigo, musitó en medio de un suspiro.

 

Juan no contestó. Había logrado lo que deseaba, pero tenía la certeza de que al cumplirse el deseo, ella desaparecería y también la emoción tan grande que cada una de sus visitas le causaba. Se acabarían las noches de insomnio, la espera semanal, las mil y un maneras de desvestirla, la amante perfecta. Tenía aún muchas fantasías que satisfacer.

—Esta noche, no puedo, lo siento Elo. Tal vez la próxima...

—Bueno, contestó con desgano.

 

El rostro de Eloísa se descompuso, los ojos se le llenaron de lágrimas. La frustración y la adrenalina le recorrieron el cuerpo en cuestión de segundos. Juan se dirigió a la bomba, pero no tomó la manguera. Abrió el tanque del auto, introdujo su pene.

 

Eloísa sintió los embates y regresó del estado en que la había dejado la respuesta de Juan. Lo miró por los espejos. Empezó a dar de bocinazos. Juan, asustado intentó sacar su miembro, pero los vapores de la gasolina y el vacío que había creado, se lo impidieron. Se encontraba atrapado.

—Cerdo, ¡Deja mi auto!

—No puedo...espera.

—¿Subes o te dejo?

 

La parvada de empleados voló hacia Juan. Intentaron ayudarle. Todos se congregaron alrededor del tanque.

 

La rabia cegó a Eloísa. Todos esos machos burlándose. Ella que nunca había sido rechazada por nadie. Prendió al auto, aceleró y arrancó sin mirar atrás.

 

Registrado anteSEP/INDAUTOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gran pausa

Gran pausa

 

Ella tomó conciencia de un par de brazos nuevos. Su cuerpo aletargado se desperezó y escuchó con atención. El nuevo sonido se abría camino hacia lo alto de la sala por en medio del foro. Había llegado un novicio. Pudo sentirlo, era un joven y la calidad de su música, la luminosidad de sus notas le revelaron con lentitud todo acerca de Gonzalo.

 

            Así comenzaba el romance. Al inicio los saboreaba; los dejaba ir y venir. Ellos tenían una falsa sensación de libertad a cambio de la cual iban entregando lo que eran. Lo hacían sin que ella se los pidiera. Desde el momento en que se acurrucaban en su seno y se mecían al son de todos los demás instrumentos, quedaban atrapados sin siquiera sospecharlo. A cambio, ella les iba descubriendo secretos ocultos Llegaban briosos y hambrientos. Con sus cientos de ojos había visto desfilar muchos músicos quienes, una vez que hallaban la voz de su propia alma, perdían su individualidad. Dejaban de tener escapatoria y se integraban dócilmente a su monstruoso cuerpo.

            Gonzalo con su viola se convertiría primero en una de sacerdote. Aprendería los rituales de cada semana: la preparación, el frac y el lustre y limpieza del instrumento. Joven y apuesto observaría su reflejo en la luna de cuerpo entero antes de salir al foro. Luego vendrían los aplausos y la admiración. Sentado frente a su atril caería en trance con las melodías y la armonía enredadas a su cuerpo; después, el clímax y el sopor: el sueño del guerrero. La consagración era para siempre. Tiempo después se convertían en un coral más del enorme arrecife sonoro. Por el momento tenía alimento para rato.

 

Dentro de la masa vibrante de su organismo, escuchó un sonido hueco que suspiraba tratando de llegar al final. Después de veinte años, Andrés ya era una parte suya. Él ya no recordaba el momento en que abandonó sus ansias de convertirse en solista. Había perdido el impulso hacía tiempo y la música de los conciertos estaba archivada en un cajón. Salmodiaba sin sentido con la magia escondida en su memoria. Había dejado un poco de su alma en cada nota y las frases ahora carecían de significado. Como buey de yunta, respiraba hondo tratando de aguantar el recorrido a través de la partitura. La Sinfonía Inconclusa de Schubert le pareció eterna desde los primeros sonidos. Recorrió con cansancio el pentagrama pese a transitar por campiñas conocidas.

Ella supo que Andrés se había agotado, estaba vacío. Últimamente lo había notado un tanto inquieto al llegar a la sala.

Andrés observaba las paredes y las puertas con curiosidad. Deambulaba por los pasillos del teatro, subía y bajaba escaleras. Una noche llegó hasta el techo y extasiado con las estrellas por poco y pierde el concierto. El violista pensó en retirarse. Muchos compañeros se habían jubilado a su edad. Después del homenaje y el concierto de despedida, les hicieron una estatua que pasó a formar parte de la orquesta silente de cobre en el patio del museo de arte moderno.

 

Andrés sentía un poco de nostalgia adelantada, extrañaría el olor de los jardines después de la lluvia pero sobre todo, los aplausos; el batir de las palmas como un aguacero glorioso que había sido siempre refrescante; el aroma a la hora del café, rodeado de sus compañeros. Ahora pensaba que a pesar de haber permanecido lado a lado, tocando las mismas notas, había músicos que eran desconocidos después de veinte años de giras y conciertos, de triunfos compartidos. Era hora de partir, pero no se iría sin antes conocer hasta el último rincón del teatro. Comenzó a llegar temprano. A esa hora, el silencio era tan espeso que le cortaba los oídos. Parecía tratar de detenerlo, pero él perseveraba en su objetivo. Encontró túneles desconocidos, elevadores que lo llevaron varios pisos por debajo de la calle. Al abrirse las puertas en los diferentes niveles, se asustaba pese a no encontrar a nadie. Planeó con cuidado la empresa y decidió explorar cada uno de los cuartos antes de descender más por los laberintos del edificio.

 

Miraba su reloj. Calculaba el tiempo para poder correr hasta el foro antes del ensayo. Llegaba ahogándose un poco y con la respiración entrecortada. Primero recorrió los pasadizos, después se animó a abrir las puertas. Para su sorpresa no estaban cerradas bajo llave. Encontró una bodega llena de percusiones viejas: tambores rotos, astillas de baquetas de madera, unos timbales sin parches que simulaban enormes calderos llenos de polvo. Del techo colgaban triángulos, panderos y castañuelas despostilladas. Todo estaba envuelto en una telaraña enorme de finos hilos. Las puertas subsiguientes de la galería le ofrecieron tenues variaciones del mismo espectáculo. Durante el ensayo, los dedos le temblaron al recordar los instrumentos arrumbados.

 

Ella se estremeció con una enorme molestia. Empezaba a invadirla un malestar. Andrés había logrado desprenderse y se retorcía como la cola de una lagartija. Ahora deambulaba por su teatro sin ningún pudor y trasponía umbrales prohibidos. Lo vio cruzar la segunda bodega. Decidió seguir abriéndole las puertas. Quería saber hasta dónde podía llegar y si sería capaz de soportar los secretos que guardaban sus cámaras.

 

Andrés miraba con ojos asombrados los cornos deslucidos, las trompetas con abolladuras, los tubos de los trombones semejantes a muletas viejas. Se agachó para levantar uno, intentó hacerlo coincidir con una campana de metal corroída, pero fue inútil.

 

Minutos más tarde, el recuerdo de la chatarra musical, en la cabeza de Andrés, le produjo a ella agudos chillidos. Dos cuerdas de la viola de Andrés se reventaron al pensar con horror en el deshuesadero metálico. El jefe de personal le informó que podía descansar, no asistir a los ensayos y pasar el resto del tiempo en la biblioteca. Quedaba sólo una semana para concluir los trámites del retiro. Andrés aceptó pues aún le quedaban corredores desconocidos y cuartos inexplorados.

 

Ella sintió un alivio cuando él dejó de tocar. Le dio un respiro pues Andrés era semejante a un tumor que crecía a gran velocidad. El silencio del violista le evitaba percibir el dolor de sus descubrimientos. Por primera vez en toda su historia, un músico vacío había vuelto a sentir. La situación era desconcertante. El arrullo siempre había bastado para adormecerlos. Succionar su interior era tarea fácil. Adormecidos se iban volviendo insensibles y mansos. Estos nuevos sentimientos de Andrés eran como cuchillos afilados que le herían las entrañas.

 

El músico descendió un piso más, y entró a un enorme recinto lleno de anaqueles. Al fondo se veía una puerta pequeña con un recuadro de vidrio por el que salía una luz de neón que alumbraba a los violines y violas que reposaban en sus estuches. Cajas negras de madera con vilonchelos y contrabajos en su interior se recostaban sobre los muros. Este lugar guardaba más orden que los anteriores, aunque el olvido era similar. Cada instrumento tenía una placa de metal plateado con una inscripción. Se acercó al anaquel de las violas. Reconoció el estuche de su compañero de atril que se había jubilado dos años atrás. Quitó el polvo que impedía la lectura de la placa y vio el nombre del maestro. El estuche de junto se encontraba limpio, lo abrió y adentro encontró su propio instrumento envuelto en la mascada de seda china que había usado durante veinte años. Las fotos de su maestra y sus sobrinos lo miraron desde el forro de terciopelo de la pequeña caja. En ese momento Andrés perdió la conciencia.

 

Ella lo arrastró con sus brazos invisibles hasta el cuarto del fondo, lo sentó en una silla y le colocó la viola y el arco en las manos. Sólo necesitaba que Andrés levantara la cabeza.

 

Andrés escuchó la música, la misma de su debut en la orquesta. Levantó su viola, como un autómata, la colocó sobre su hombro, recargó su cuello y levantó el arco. Arrobado, se unió a la orquesta invisible y recordó su primer concierto. En ese momento el timbal que pendía sobre su cabeza se ladeó y lo bañó con un chorro fino de metal.

 

Gonzalo recibió la noticia con gusto y con pesar. Avanzó un atril y ocupó la silla que Andrés dejó al jubilarse. El domingo, después del concierto, visitó su estatua en el museo de arte moderno. Le pareció asombroso el parecido de la figura y el realismo con el que una lágrima pendía sobre sus pestañas cobrizas.

 

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