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March 14 Cuestión de dosCuestión de dos
Las dos siluetas resaltaban sobre la vieja cortina parda. El piano con su gran mole del lado derecho parecía albergar a la pianista menuda de cabello largo, traje oscuro y una falta total de feminidad. Al frente, parado con poca firmeza sobre la duela, el violinista interpretaba piezas que no decían nada, producía poca emoción, pero su expresión corporal me resultó impactante. Tenía una cabeza pequeña que se afanaba con lagrimones de sudor. Su cuerpo resultaba demasiado grande para el pequeño violín y la espalda se encorvaba sobre un vientre abultado que intentaba liberarse de la faja del frac: un topo agobiado y gris.
Sin embargo, fue precisamente su actitud de animal ciego la que despertó mi atracción. Decidí que debía conocer los oscuros túneles de la vida de esta criatura, la menos atractiva entre todos los presentes. El público se aburría siguiendo la secuencia no del todo ordenada, y no era que las notas no fueran las correctas, sino que se mostraba totalmente indiferente y ajeno.
Al término del recital me mezclé entre la gente que lo fue a felicitar. Tomé su mano helada en medio de la calidez de las mías y le expresé mi falsa admiración. Lo miré con fijeza hasta hacerlo sonrojar. Te voy a calentar no sólo los dedos, sino que te haré sentir el fuego que desconoces. Arrancó su mano de las mías con rapidez y se disculpó. Prosiguió saludando a sus invitados y yo aproveché para esconderme tras las cortinas del camerino y esperé con paciencia. Cerró la puerta y alguien tocó, era la pianista, su esposa. Él le pidió que se adelantara al festejo que les habían preparado. Ella aceptó un tanto disgustada y yo sentí el triunfo en el momento en que se deshacía de ella.
Una vez solo, se paró frente al espejo y cuando estaba a medio desvestir, salí de entre los cortinajes luciendo mi desnudez como traje de gala sobre unas zapatillas de tacón alto. Me acerqué a su espalda y pegué mis pechos a la piel húmeda y fría. Vas a arder. ¿Coges como tocas? De esta experiencia sales renacido o te mueres. Él miraba con asombro a la luna que reflejaba su figura tosca. No se veía muy convencido, hasta algo atemorizado con mi presencia. ¿Crees que cojo como toco? En esta ocasión saldrás transformada, si es que sobrevives.
Rodamos por toda la alfombra del camerino, su cuerpo tomada calor del mío. Luego me levanté y lo hice que me persiguiera como rata por todo el cuarto. Cuando por fin me alcanzó, sudaba de nuevo, me derribó y una vez más se adueñó de la tibieza de mis brazos y mis piernas que no se daban por vencidas. Lo pateaba sin piedad. Al tratar de detenerme alcanzó con su mano el violín que había quedado sobre una silla. Sentí el golpe lleno de armónicos sobre mi cabeza. Bienvenida a los oscuros túneles del topo, donde sin mí, te encontrarás perdida. Me atravesó con su espada de hielo, y el calor se me fue saliendo junto con la sangre.
Después de un rato, pude sentir como sus brazos hirvientes me levantaron con cuidado de la alfombra y me colocaron sobre la cortina de terciopelo. Luego me envolvió con ternura. Minuto a minuto sentía una languidez que invadía mi cuerpo. Abrí los ojos y vi como se vestía cerca de la puerta. Después abrió y entró su mujer con una daga larga en la mano. Todo está listo, dijo él. Me levantó de nuevo y yo abrí los ojos por última vez cuando me metió dentro de la caja del arpa. Acercó su rostro inflamado al mío y me dijo: “Sin duda soy mucho más creativo cuando cojo. Gracias por el fuego”. Luego, ella atravesó mi vientre con la daga y musitó: “Dejo que coja con cualquiera, pero hijos sólo los tendrá conmigo. Ese es el pacto.” Luego vi descender en silencio la tapa.
June 16 DesencuentroDesencuentro
Llegué cansada y tomé una mesa que se encontraba sobre la acera. Los rayos del sol raspaban mi nuca, escuché los pasos y conversaciones de los transeúntes a mis espaldas. Descubrí a Jorge, distraído y aparentando leer el periódico entre los pobladores de las mesas del interior del café. Treinta años y casi era igual a mi recuerdo. Sin duda había envejecido con gracia. Tenía un rostro sin arrugas, las comisuras de sus labios esbozaban una sonrisa y el cabello rizado, ahora entrecano, se acomodaba de manera familiar. No podía dejar de mirarlo, había sido mi sueño.
Siendo estudiantes, fuimos en varias ocasiones a fiestas. Al bailar, yo admiraba su belleza de labios delgados, cabello oscuro, y facciones perfectas: una estatua griega. En clases sobresalía por su razonamiento y una memoria sorprendente que cohibía a los maestros de Historia. En aquél entonces, pensaba que Jorge se convertiría en un intelectual. Después estudió en la Facultad de Economía y se convirtió en editorialista de un periódico de izquierda. Era un fanático de la música de cámara, del cine; lo imaginaba casado con una escritora.
Se acercó a mi mesa. Lo abracé con cariño. Después de tantos años, por fin tuve un pretexto para sentir su cuerpo pegado al mío. Esperaba la narración de una existencia sorprendente, llena de logros y premios, pero él se adelantó y preguntó primero: “¿Y la Química?” Náufraga entre dos matrimonios y diferentes profesiones empecé a contarle mi historia: pianista, compositora, intento de socióloga, estudiante de letras, escritora de mis propios libretos, adicta al cine, al teatro y madre de un adolescente.
Jorge mencionó su trabajo en la Secretaría de Hacienda. Se había casado muy joven con una secretaria, un accidente de planificación familiar, ahora tenía hijos adultos. De la escritura me dijo: “Ni me lo recuerdes, fue un pecado de juventud”. No había vuelto al cine ni a los conciertos. Llegaba a casa a enfrentar la vida cotidiana con el control de la televisión en la mano. Únicamente leía el periódico y algunos artículos relacionados con su trabajo, del que sólo comentó que era muy aburrido. Los últimos discos de música de cámara habían acabado en la basura en un cambio de casa. En la despedida intercambiamos tarjetas. Me alejé desolada. June 11 Terapia de shockTerapia de shock José María se sentía exhausto a pesar de su cuerpo fornido de hombros anchos. Limpió con un pañuelo blanco el sudor que cubría su frente. Estaba arrepentido y aún no llegaba a la mitad de la tarea. Todavía no se había visto al espejo. El olor de sus axilas se mezclaba con el desodorante y el perfume. La batalla con la ropa había empezado una hora antes al cerrar el brassiere sobre su torso. A partir de ese momento, se le dificultó respirar. La opresión sobre el diafragma ya no le parecía graciosa. La blusa tenía la botonadura al revés, las piernas rasuradas vencieron la resistencia de las medias al cabo de una larga lucha. Al caminar, una de sus piernas se asomaba por la abertura lateral de la falda. Echó un vistazo al espejo. No estaba mal. Tomó la peluca y la acomodó sobre su cabeza y los rizos castaños cayeron sobre sus hombros con coquetería. Se había rasurado dos veces y dejó su piel tersa pero irritada. El maquillaje no fue problema: ya había pintado varias veces a Lucero. Tras una última mirada, se puso los zapatos de tacón y salió equilibrándose con la cabeza en alto.
La apuesta nació como remedio contra el aburrimiento y la falta de emoción. José María y Lucero vivían casi como hermanos en medio de cuadros y muebles gastados que languidecían de tedio. Una de tantas noches de hastío frente al televisor y sumidos en la penumbra, Chema tuvo la idea.
—Tu te vistes de hombre y yo de mujer y el que se ligue primero a alguien, gana, dijo Chema con entusiasmo. Lucero bostezó desganada y guardó silencio. —Vamos, anímate ¿no te gustaría salir de este marasmo?, preguntó Chema a quien la idea le comenzaba a hacer cosquillas. —Acepto, pero llegaremos por separado para observarnos uno al otro. ¿Te parece?, contestó por fin Lucero, mientras apagaba el televisor.
Chema abrió la puerta del bar, sintió el abrazo cálido del ambiente brumoso. Seguro de su aspecto, se dirigió hacia la barra; a unos cuantos pasos pudo ver a Lucero. Llevaba un traje oscuro con corbata roja: se había cortado el pelo como un chico. Su figura menuda y sus labios delgados le daban la apariencia de un bachiller. Había desaparecido sus senos bajo un chaleco ceñido que completaba la ilusión del pecho plano. Un buen trabajo, pensó José María, pero sus manos finas y la forma de tomar la copa la delatan. Lucero miró a Chema con sorpresa y pensó que parecía una puta de Insurgentes con aquella melena larga. Él le sonrió, pero ella desvió los ojos. Se perdió del desfile triunfal de José María acaparando la atención.
Lucero buscaba una mujer, pero se sentía cohibida. Una hora más tarde, nadie se le había acercado y ella jugueteaba con la aceituna del martini. Una chica se sentó junto a ella, pero después de dos sorbitos de su trago y de esperar en vano una palabra de Lucero, se levantó para perderse en el fondo oscuro del bar, justo cuando Lucero se disponía a ofrecerle un cigarrillo. También recibió varios vistazos penetrantes de un grupo de gays, que se encontraban en la penumbra y reían con descaro, señalándola. Pero ese no era el trato, ella iba tras una mujer. La noche avanzaba y ella sin presa.
Escuchó risas al otro extremo del bar, José María estaba rodeado por cuatro hombres guapos y bien vestidos. Uno de ellos rozaba su pantalón contra el muslo de Chema que se escapaba por la abertura de la falda. Él jugueteaba con la corbata del de traje azul. Lucero los miraba con asombro. Sintió una puñalada en el estómago. El deseo la quemaba por dentro. Apretó la copa entre sus dedos y con el puño cerrado caminó hasta el alegre grupo. Se abrió camino entre los hombres, los empujó hasta llegar a Chema. Arrojó el contenido del martini sobre su rostro y lo besó en la boca, metiendo la lengua y pegando su cuerpo contra la falda. Al sentir la erección le dio una cachetada sonora. — Eres una zorra, nos vamos.
Lucero tiró de su mano y lo jaloneó hasta la puerta. Obediente, él la siguió con la cara oculta por la confusión de rizos, tambaleándose desde las alturas de sus zapatos dorados.
June 09 VórticeVórtice “...patrón que se genera por el movimiento de partículas alrededor de un punto común.” Ramón Peralta-Fabi
Después de toda una vida de búsqueda, y de muchos ensayos fallidos, por fin lo encontró: el hombre ideal. No cabía de gusto en su propio cuerpo. Abril no quería emocionarse como antes, tampoco quería perderlo. La madurez la ayudó a tomarlo con calma. Esta vez, eligió la razón en lugar del arrebato y el impulso, se dedicó a pensarlo. A todas horas recordaba lo que habían hecho juntos, los paseos, las frases y las conversaciones. Escribía en su diario con minuciosidad, para no perder ningún detalle. Agregaba sus reflexiones para desahogar sus angustias de abandono. Por las noches, se entregaba al ejercicio de seguir pensando en Mario. Se acostaba sobre la almohada como si lo hiciera sobre su vientre e invocaba el perfume de su sexo. Imaginaba como harían el amor en la siguiente ocasión. Así recorrió su piel de principio a fin. Revivía la textura en sus labios al navegar sobre su espalda, el roce de sus vellos sobre las mejillas y la brisa delicada de sus besos. Abril podía sentir el estremecimiento al pensar en el cuerpo de Mario sobre el suyo, sentía su peso, la fuerza de sus brazos, el ímpetu de su deseo y el aroma de lo nuevo.
Luego de soñar despierta, logró aparecerlo en sueños. Tenía miedo de que él se esfumara, pensaba que algún día dejaría de llamarla: resultaba demasiado bueno para ser cierto. Los pensamientos de Abril fluían sin cesar, primero en una suave corriente que le devolvió la calma. Luego, con el paso del tiempo se juntaron en un caudal y fueron acomodándose en un torbellino ciclónico que tomó velocidad poco a poco alrededor de aquel hombre luminoso, que ahora tenía el ímpetu de la mancha de Júpiter. La fuerza que ejercía comenzó a atraerla irremediablemente y una noche, ella se vio arrastrada por el tumultuoso remolino de fantasías y cavilaciones y desapareció en su centro.
January 19 MalenaMalena “Quien sueña al borde de un agua dormida nunca se restablece de ello…”
Víctor- Emile Michelet
Malena introdujo la llave dentro de la cerradura y abrió la puerta con cuidado. Días antes, untó de aceite las bisagras con sus dedos finos. Salió en silencio y aspiró el aroma de la noche. Caminaba con pasos rápidos al internarse en el bosque. La oscuridad dejó de ser un impedimento, ya que en muy poco tiempo había memorizado el camino que ya recorría con los ojos cerrados.
Frente al lago, se quitó los zapatos bajo la luz de la luna; el agua nocturna le acarició los pies. Hundió las manos en su propia imagen y el reflejo poco vago, poco pálido se retorció. Acercó su oído a la superficie, pero el agua dormía y no emitió un solo murmullo.
Meses antes, en víspera de la tormenta que inundó el pueblo, Malena descubrió el sitio en medio del claro del bosque. Sus padres negaron la existencia de agua en los alrededores. El charco inexplorado de luz líquida se le metió por la mirada y a partir de entonces, las aguas la visitaron en sueños. Sus noches se poblaron de siseos ininteligibles, arrullos extraños que le ayudaban a conciliar el descanso. Luego, comenzó a entender el mensaje. En medio de los gorjeos, distinguió las voces que le advirtieron de la catástrofe. Primero avisó a su familia y después a los vecinos, pero nadie creyó en sus palabras. El temporal llegó de todas formas y casi arrasó con el pueblo. Los pobladores se encerraron en sus casas y guardaron a los animales. Se salvaron muy pocos. Malena miró las venas de la tierra sobre las ventanas, escurriendo incansables durante días y los canturreos se reiniciaron, incitándola a ir al bosque tan pronto bajó la inundación.
De regreso entre los árboles, notó que no sólo el agua había crecido sino que ahora además, tenía su rostro. Los reflejos resplandecientes del medio día le mostraban escenas de la vida de los habitantes del pueblo que ella ignoraba. Algunas pertenecían al pasado como la muerte de su yegua, las constantes violaciones de su padre y otras al futuro, como la enfermedad de Pedrito, el hijo del vecino. Las revelaciones la hicieron sentirse una elegida de la naturaleza y su vida tuvo un cauce. El agua confiaba en ella y le ofrecía los secretos de la hidromancia a cambio de silencio y sacrificio: Malena llevaba en el vientre a su hijo y hermano. Las voces la visitaban a todas horas, despierta o dormida; por las mañanas, corría hacia el claro en medio de la espesura. Llegaba a casa con cantos alegres de música desconocida, poblada de palabras misteriosas. Su madre las encontraba amenazantes. Salía de nuevo al atardecer por en medio del aroma de los eucaliptos, se sentaba a la orilla del lago a contemplar las estrellas prisioneras del líquido oscuro y deseaba navegar hasta las islas del cielo. El agua lúgubre y sombría absorbía su negro sufrimiento y disolvía sus preocupaciones.
La chica visitó a la comadrona del pueblo, las mujeres opinaban que era sabia y medio bruja. Vivía en una cabaña derruida y sin muebles. Su cocina tenía una estufa de leña y una colección de frascos llenos de hierbas y reptiles disecados. Malena iba a contarle acerca de los mensajes del agua, pero la vieja supo de su embarazo tan pronto la miró a los ojos. —Hija, puedes tomar esta pócima y deshacerte del hijo del pecado, aún estás a tiempo. —Pero las voces me dicen que lo tenga, que ellas me protegerán. —Ellas quieren al niño. —Entonces, ¿usted me cree? —No sé de qué me hablas, haz lo que te digo por la noche y mañana habrás resuelto tu problema.
Malena emprendió el regreso y las voces cantaron con dulzura una nana dentro de su cabeza, prometiendo borrar el pasado ensombrecido. La chica se desvió hasta el espejo adivinatorio del que salieron murmullos claros y frescos. Las voces de su mente y las de la masa acuosa se unieron; juntas entonaban mensajes de quietud y daban la orden de proseguir con el embarazo. Ella apretó la pócima contra su pecho. Sintió que una dulce ligereza se elevaba a través del agua. Entonces comenzó el hervidero de peces en el centro del lago, saltaron con voluptuosidad. Los fantasmas voladores llegaron hasta sus pies y ella resbaló. Al levantarse, notó que había perdido el remedio de la partera.
Su vientre comenzó a notarse y el padre la azotaba todos los días con la esperanza de que perdiera al hijo. Vagaba envuelta en el silencio por los senderos del bosque. Su madre no había creído una sola palabra acerca del lago imaginario que llamaba y prometía consuelo a su hija. Pasaron los meses. La madre la interrogaba a diario, quería saber el nombre del padre de la criatura. Malena sollozaba como respuesta. Pronto dejó de comer. Cantaba las melodías que atemorizaban a su madre. Hablaba consigo misma de lugares lejanos poblados de ríos y lagos rodeados de juncos. El padre dejó de golpearla pues cada vez que se le acercaba, ella lo atravesaba con una mirada poderosa y gris llena de tormentas. Malena, con el vientre muy pesado y después de varios meses, soñó con las cataratas. Entre los rugidos del agua alcanzó a entender la posibilidad de un arreglo. Por la mañana, la madre intentó hacerla entrar en razón.
—Allí nunca ha habido agua, no sé de dónde sacas todas estas cosas. Allí sólo hay un círculo grande de tierra, donde no crece ninguna planta.
La hija la miró en silencio. Ya no logró arrancarle una sola palabra y preocupada por su estado mental decidió cerrar la puerta con llave al anochecer. La chica permaneció encerrada por varias noches durante las cuales su carne se tornó pálida. El agua de su vientre bramaba sin permitirle el descanso. Decidió buscar la llave que su madre había escondido con cuidado.
Malena se tendió sobre la orilla del lago y se le reventó la fuente. Sintió como el breve oleaje humedeció su costado, le daba consuelo durante las contracciones. Luego, el líquido la fue arrastrando. Al llegar al centro, tragó la sustancia nocturna como un jarabe negro y viscoso. Pequeñas criaturas acuáticas cruzaron el arco de su garganta.
Por la mañana, la madre encontró la cama vacía y se echó a correr por la brecha que la hija había abierto después de tantos trayectos. En el claro, en medio del círculo arenoso y seco, Malena dormía el sueño prometido con el vientre plano. Su semblante tenía el color de la quietud. Los cabellos largos y húmedos escurrían sobre su pecho y por el hueco de su boca fluían pececillos plateados.
Registro ante SEP/INDAUTOR
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